domingo, 1 de abril de 2012

"Puerta al verano" de Robert A. Heinlein


Los viajes en el tiempo pueden ser la plataforma imaginativa perfecta para quienes se sienten traicionados por el destino y viven obsesionados por las encrucijadas del laberinto que dejaron pasar para escoger otras que les condujeron a callejones sin salida. Por esa razón, el viajero en el tiempo, más que un aventurero empeñado en robar el Vellocino de Oro o en ir de turismo a Bizancio, es una persona infeliz cuyo objetivo es satisfacer sus deseos frustrados.

Parece un concepto muy New Wave, muy de literatura europea al estilo “La hierba roja” de Boris Vian, o de experimentos fílmicos de la nouvelle vague como “Te amo, te amo” de Alain Resnais, pero, como siempre, esta modalidad intimista, con ramificaciones calenturientas, del viaje temporal, ya aparece en muchos autores clásicos de la CF estadounidense, y, sin ir más lejos, en Robert A. Heinlein, autor que a cada relectura adquiere dimensiones nuevas, lejanas, o complementarias, del fascistoide ultraliberal que muchos quieren ver en él, y a menudo bastante inquietantes.

“Puerta al verano” no es excepción a la línea de optimismo tecnológico que caracteriza en general a la CF de la llamada “era de Campbell”: al protagonista, Daniel (Boone) Davis, no le cabe ninguna duda de que el mundo del año 2000 en el que despierta es claramente superior al 1970 en que había iniciado su sueño criogénico. El problema es que sus socios, Miles y Belle, lo introdujeron a la fuerza en ese sueño tras robarle las patentes de sus revolucionarios sirvientes domésticos robotizados, dejándolo prácticamente sin nada salvo su ingenio y sus recursos de Hombre Capaz, que tarde o temprano le permitirán darle la vuelta a la tortilla y remontar el curso del tiempo para poner arreglo a tan injusta situación.

El concepto de los criados automatizados, que parece derivar de una visión nostálgica del Profundo Sur con máquinas sin alma sustituyendo a los esclavos negros, no llama tanto la atención como la idea de que los avances de la ciencia podrían ser capaces de vencer a un destino traidor. Es bien sabido que Heinlein vio truncada su carrera militar por culpa de la tuberculosis pulmonar, y quizá viese su enfermedad como una zancadilla de la vida, imposible de sortear debido a los insuficientes progresos de la ciencia médica de entonces. Si resulta posible confiar de manera ciega en la ciencia, los culpables de no alcanzar un estado ideal serían el tiempo, de curso lento y unilateral, y los imperfectos humanos, aquejados de una estupidez contra la que no hay cura posible.

Dominar el tiempo es la fantasía de omnipotencia por antonomasia, y lo que hace especial a “Puerta al verano”, por encima de sus especulaciones tecnológicas desfasadas, de su trama ingeniosamente construida o de incipientes toques hippies como su defensa del nudismo, es la idea del viaje temporal como vía de escape a las frustraciones profesionales e incluso a los fracasos sentimentales, como agente transformador que permite una reformulación completa y radical de la existencia, idea que aquí tiene una resolución bucólica y pastoral análoga a la metáfora titular del libro (el hallazgo, en pleno invierno nevado, de una puerta al exterior que dé al verano) pero que adquiriría ribetes de pesadilla en relatos posteriores de Heinlein, como el celebérrimo “Todos vosotros zombies”, cuyo protagonista, tras saber que dos viajes al pasado y un cambio de sexo lo convirtieron en su propio padre y su propia madre, acaba prisionero en un bucle de solipsismo y locura sin final.

Dan Davis no llega a tanto, pero sorprende bastante que una de las motivaciones primordiales para su intrincado plan temporal sea poder casarse con Ricky, hijastra de su socio Miles, a quien había conocido cuando apenas tenía seis años. Decepcionado por las artimañas de su anterior esposa, Belle, descrita como una mujer fatal de manual, Davis parece echar de menos la inocencia y la bondad de una niña que lo adora como a un padre, y a la que manipula para que, en un futuro que la animación suspendida y las experiencias pioneras del excéntrico profesor Twitchell ponen al alcance de cualquier espíritu emprendedor, se convierta en su compañera vital y en la madre de sus hijos. Algo así, pero sin máquinas del tiempo, contaba Jean-Jacques Rousseau en un pasaje de sus “Confesiones”, y siempre se ha cuestionado su moralidad. El ingeniero competente tenía un lado Humbert Humbert que no sabríamos adónde hubiese derivado de no ser por la magia de la tecnología, aunque los lectores de la obra posterior de Heinlein, conocedores no ya de su defensa del amor libre sino de su aparente obsesión por el incesto entre padres e hijos, no podrían ser culpados si dieran a “Puerta al verano” una lectura libertina e incluso un tanto malvada en tanto que da por supuesto que la ruptura de las barreras científicas trae aparejada una ruptura análoga de las barreras morales del pasado.

La bonhomía del relato, de ese dicharachero pionero de la ingeniería que trata como una persona a su gato Petronio Árbitro y en quien no es imposible ver un precursor, con varias capas de egocentrismo menos, del insufrible patriarca Lazarus Long, oculta la oscuridad del cazador que ha seleccionado como presa a la pequeña Ricky, a quien no da oportunidad alguna de desarrollarse al margen de su avasalladora figura, y cuyo destino escribe de antemano gracias a su capacidad ingenieril aplicada, no ya a su propio destino, sino al de los demás. ¿Es esto consecuencia lógica del utopismo tecnológico de la Edad Dorada? ¿Se le fue yendo la olla a Heinlein, o, por lo contrario, simplemente supo ver todas las implicaciones del sueño colectivo que los autores de la época iban construyendo casi sin darse cuenta de lo que hacían?

No hace falta comulgar con ninguna ideología preestablecida para sentirse fascinado por el cúmulo de contradicciones, de moral turbia y de cierta locura que subyace al fondo de la obra de Robert A. Heinlein, sobre todo de los años 60 en adelante. Algunos títulos en concreto requieren también una alta dosis de paciencia, pero no deja de ser curioso que un autor “canónico” de la CF estadounidense termine incurriendo en excesos casi propios de un autor europeo “maldito”, y que su lectura a menudo dé una impresión más "peligrosa" que la de muchos relatos de las antologías de Harlan Ellison. Ojo con el abuelito.

Y ni se os ocurra dejarlo a solas con vuestra hija pequeña.