jueves, 10 de agosto de 2017

"Zama" de Antonio di Benedetto

Parecerá mentira, pero podía llevar unos treinta años sin pisar la Feria del Libro de Madrid. Habiendo renegado pronto de la faceta más comercial del mundo literario, y concentrado mis intereses en ediciones foráneas que no iban a estar representadas allí, me prometía a mí mismo cada año que tal vez volvería al Paseo de Coches para intentar recuperar viejas sensaciones y sentirme atrapado otra vez por la vieja magia.

Uno de los ritos de esa vieja magia, pese a haberse producido una sola vez, me ha acompañado desde entonces. Es lo que un servidor llama “el Descubrimiento”, que en mi caso se produjo cuando, en la caseta de un editor sudamericano, me hice con un libro de papel muy barato, no muy bien impreso, titulado “Anaconda y otros relatos” escrito por un señor uruguayo, desconocido para mí entonces, llamado Horacio Quiroga. El resto es historia, como se suele decir.

Por tanto, mi retorno en 2017 tenía entre sus objetivos un segundo Descubrimiento, como en 2018 tendrá un tercero. La oportunidad se presentó en la caseta de la editora argentina Adriana Hidalgo, donde me llamó la atención un voluminoso libro que contenía la totalidad de la obra breve de un tal Antonio di Benedetto. Los libros de “Cuentos completos” siempre han sido una de mis debilidades, pues contienen la sección transversal completa del universo de un autor en todas sus etapas y se prestan a una utilización más versátil por parte del lector que cualquier novela a la vieja usanza.

Claro está que los responsables de la caseta quisieron persuadirme de que la gran obra de Di Benedetto, hoy por hoy reivindicado, entre otras razones, por aparecer como personaje en algún libro de Roberto Bolaño, quien lo consideraba uno de sus maestros, era “Zama”, una novela de la que nunca había oído hablar y que, por lo que parece, está ya firmemente instalada en el cánon de las letras hispánicas.

He de confesar que desconfié en un inicio de estas reivindicaciones. Di Benedetto era presentado como “el maestro de la elipsis”, y, como ejemplo de economía de medios expresivos y poseedor del secreto de la palabra justa, se le oponía a la verborrea exuberante y selvática de muchos autores del “boom” latinoamericano, que triunfaban internacionalmente mientras él era una figura marginal que viviría años de exilio en más de un sentido. Uniendo esto a lo que conocía del argumento, a saber, un funcionario del imperio español que espera año tras año en Asunción un ascenso del rey que nunca viene, un servidor se imaginaba un libro de brillante lenguaje y muy tenue trama, un ejemplo de ese minimalismo que termina por robar su sabor a la mayoría de las artes a fuerza de imponer un intelectualismo bajo en calorías que no obliga al lector, oyente u espectador a proezas de resistencia, memoria o procesamiento.

Únanse a esto mis primeras impresiones interneteras, en las que “Zama” se tornaba en una suerte de prueba de Rorschach que hacía aflorar en cada reseñador una obsesión literaria diferente: para unos, Di Benedetto era el Sartre o Camus del Cono Sur, solo que en mejor; para otros, se trataba del auténtico discípulo de Franz Kafka; unos dicen que se adelanta a “El coronel no tiene quien le escriba” de García Márquez, mientras que otros se asombran de que la novela no haya sido traducida al inglés hasta 2016 puesto que la encuentran demasiado similar al muy posterior Cormac McCarthy; y la reseña del Nobel Coetzee no la quise ni leer por no sentirme influenciado.

Pero a pesar de todo esto, la experiencia ha sido extraña  y enriquecedora. Lo que sobre el papel podría ser una novela histórica (la acción transcurre a finales del siglo XVIII) deja en el lector, quizá por el estilo que no intenta ser arcaizante pero sabe ser percibido con una nitidez cortante a través de las brumas del tiempo, una sensación contemporánea, una incómoda combinación de cercanía y distancia que nunca resulta cómoda o complaciente.

La dedicatoria del autor “a las víctimas de la espera” parece traer a primer término un tema similar al de la novela ya citada de García Márquez o incluso al de “El desierto de los tártaros” de Buzzati, pero lo cierto es que la densidad temática de “Zama” es considerable para su mediana extensión. Es cierto que hay una dosis de absurdo existencial, una situación de partida nunca explicada que hace del protagonista un juguete de instituciones ciegas: nunca llegamos a saber por qué Zama vive alejado de su esposa Marta, ni por qué el favor real es una condición imprescindible de su reunión. Las capas de ambigüedad del libro permitirían interpretar su desarraigo como voluntario, y su encierro en sucesivas capas de aislamiento como producto de una serie de decisiones. Los seguidores del existencialismo se ven reflejados en estas páginas, mientras que hay quienes ven en el título checo de “El castillo” de Kafka (“Zámek”) una filiación de cegadora claridad (ya sabemos que Kafka escribía en alemán, pero nunca dejes que la realidad te estropee una buena teoría).

No convendría, no obstante, descuidar los componentes de intriga y misterio, muy raramente resueltos, que palpitan bajo una superficie lacónica, y que podrían entenderse, como hacen los prologadores del compendio de relatos cortos del autor, como un uso de la poética del fantástico como medio y no como fin. Ya al inicio de la novela nos encontramos con la declaración de un prisionero que ha asesinado a su esposa creyendo, durante el sueño o la noche, haberse amputado un ala de murciélago que había brotado de su cuerpo. A menudo, las aspiraciones de Zama topan con hechos inexplicables que impiden su realización: ese misterioso niño, rubio y andrajoso, que penetra en su habitación para contar las monedas de su caja de caudales, esa mujer que parece desdoblarse en dos, una madura y otra joven, cuando su anfitrión jura y perjura que solo existe una, su esposa; cuando Zama busca el amor de una mujer casada, parece perderse en un juego de espejos colocados uno enfrente del otro, sus motivaciones convertidas en laberinto.

Los que tienen un concepto pragmático de la narración en el que un protagonista siempre ha de moverse en pos de su meta pueden sentirse exasperados por Zama, que mira con extraña indiferencia cómo el hijo que ha tenido, por así decirlo, por aburrimiento se revuelca en la suciedad de una granja, que se alegra cada vez que las circunstancias le eximen de un comportamiento de héroe de novela y que a menudo parece impulsado solo por sus instintos eróticos, que parecen parte del mismo mundo natural, exuberante, onírico y amenazador, plasmado en una imagen recurrente del libro: la de un personaje que duerme mientras alimañas venenosas, como tarántulas o serpientes, se pasean por su cuerpo, como en una versión tropical del célebre lienzo de Fuseli. Un número considerable de personajes cae víctima de fiebres o enfermedades, cuando nosotros, testigos privilegiados en estilo indirecto libre, sabemos que Zama es el más febril de todos, dentro de un universo quizá hecho malsano por su presencia.


Si todo lo anterior ya era meritorio, el tramo final del libro, en el que Zama se interna en la selva junto con una compañía de soldados en busca de un proscrito, para conquistar por la acción armada lo que no pudo lograr mediante la intriga, eleva el conjunto a un nuevo nivel, casi visionario y digno del cine de un Werner Herzog cuyos “Aguirre” o “Fitzcarraldo” estaban todavía 20 o 30 años en el futuro. El juego de dobles y apariencias perseguirá al protagonista en esta misión, en la que Zama desempeñará un doble papel de perseguidor y encubridor, y que terminará en una nota de caos existencial y pérdida de referencias no muy lejana a la de “El corazón de las tinieblas” (para su adaptación no oficial, “Apocalypse now”, faltaban también unos poquitos años). Una vez borrados los lindes ilusorios de la civilización, todos nos volvemos ciegos en la selva, aunque, en un muy extraño y casi aterrador final feliz, Zama se reencontrará consigo mismo y terminará, quizá demasiado tarde, obteniendo muchas respuestas que antes le estaban vedadas.